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Full text of "Sermón perdido : proverbio en un acto"

10141 




Nuevo Archivo Teatral de Cultura Popular 



:-•: 



SER 







PROVERBIO EN UN ACTO 



ORIGINAL DE 



TEODORO GUERRERO 




BUENOS AIRES 

r 3CUAL MEDIANO, Editor 

Bernardo de Ipiggyen, 1314 



Digitized by the Internet Archive 

in 2012 with funding from 

University of North Carolina at Chapel Hill 



http://archive.org/details/sermnperdidoprov25117guer 



SERMÓN PERDIDO 



Nuevo Archivo Teatral de Cultura Popular 



SERMÓN PERDIDO 



PROVERBIO EN UN ACTO 



ORIGINAL DS 



TEODORO GUERRERO 




BUENOS AIRES 

PASCUAL MEDIANO, Editob 

Bernardo de Irigoten, 1314 



PERSONAJES 



EUFEMIA. 
FELISA. 



BERNARDO. 
ALEJANDRO. 



JULIÁN. 



La escena pasa en Madrid.— Época contemporánea. 






0£ 



ACTO ÚNICO 



1<£ 









Bufete de un abogado. Puertas al fondo y laterales con 
sus portieres. A la derecha, la mesa y librería; á la 
izquierda, la chimena; delante de ésta dos sillones. 



ESCENA PRIMERA 

alejandro, sentado delante de la chimenea tomando 
chocolate, felisa sale por la izquierda 



Felisa 
Ajlej. 



Felisa 

Alej. 

Felisa 

Alej. 

Felisa 

Alej, 

Felisa 



Buenos días, primo. Mucho madrugas. 
(Deja la jicara encima de la chimenea.) No me 
llames primo; ese nombre sienta mal al que 
quiere cambiarlo por otro más dulce, más sig- 
nificativo. 
¿ Otro nombre? 

Sí. ¿No te gusta más el de marido? 
(Bajando los ojos.) ¡ Alejandro! 
Siéntate á mi lado. 
No; ¡si papá nos viera!... 

(Se levanta.) ¡ Qué demonio! Los padres debip-. 
ran suprimirse. . , ■ .. / 

¿Qué dices? 



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668601 



G — 



Alej. 



Felisa 

Alej. 

Felisa 

Alej. 



Felisa 
Alej. 

Felisa 
Alej. 



Felisa 
Alej. 



¡ Discurren de una manera tan fría! Allá, en 
Salamanca, me predicaba mi padre muchos 
sermones contra las mujeres, y aquí mi tío, 
que está convencidísimo de que tú y yo nos 
queremos con delirio, se empeña en hacerme 
ver que el matrimonio es una calaverada. ¿ No 
te dice lo mismo? 

Sí ; desde que viniste le ha entrado la manía 
de hablarme mal de los hombres. 
Pero, ¿no por eso dejas de quererme? 
¡Quiá! 

(Coge un libro y se lo presenta riéndose.) Aquí 
tienes otro tomo de los Cuentos de salón para 
fortalecer tus ideas. 
Sí, sí; lo leeré. 

En cambio, yo me fastidiaré estudiando esos 
autos: ¡un divorcio! 
¿Todavía no has leído esos autos? 
Tu amor me imposibilita, Felisa ; no quiero 
empaparme en la legislación que favorece el di- 
vorcio, sino todo lo contrario. 
Papá dice que por ahora no debo quererte. 
¡ Por ahora! ¿Acaso el amor es un pagaré que" 
pide espera? Ya soy abogado, y con mi 
bufete haré frente al presupuesto diario, á ese 
tiburón insaciable, según él le llama. 



ESCENA II 

Dichos, BERNARDO 



Ber v (Desde la puerta de la izquierda. ) ¡Por vida!. 

Ya están aquí juntitos. (Tose.) 
Felisa (Se adelanta á recibirle.) Papá, buenos días. 



— 7 



Alej. (¡ Mi tío! ¡Y no he estudiado el pleito!) 

Ber. (Con severidad.) Felisa, ¿qué haces en mi bu- 

fete? ¿Te has dedicado al estudio del derecho 
civil? 

Felisa No, papá; vine á buscar este libro. 

Ber, (Coge el libro.) A ver... Cuentos de salón. ¡ Es- 

tá claro! Así pierden ustedes el tiempo en leer 
. . libros perniciosos. 

Alej. ¿Qué dice usted, tío? ¡La moral más sana!... 

Ber. Sí, sí; la moral. ¿Crees, por ventura, que no 

lleva un autor á las familias la disolución so- 
. cial cuando aconseja á los jóvenes que se ca- 
sen? 

Alej. ¿No es usted casado, tío? 

Ber. ¡ Silencio, señor sobrino! Los autores deben 

enseñar á los hijos que mientras estén bajo la 
patria potestad no se enamoren sin el consen- 
timiento paterno. 

Alej. La ley habla del matrimonio, y nada dice del 
amor. 

Ber.; Pero como el matrimonio es la consecuencia 
del amor, la interpretación de la ley correspon- 
. .!••.. de á los jurisconsultos como yo, y no á los rá- 
bulas incipientes como tú. (Se dirige á Felisa.) 
Niña, vete á tu cuarto, que estamos discutien- 
do sobre un punto de derecho del que no tienes 
formada, opinión ; es más, no debes formarla. 

Felisa (¡Vaya si la tengo! Sin leer esos librotes sé 
que quiero y puedo casarme con Alejandro.) 
(Entra por la izquierda.) 



ESCENA III 

BERNARDO, ALEJANDRO 

Ber. ¿Conque es decir, sobrino mío, que te has 

propuesto trastornar la cabeza á mi pobre hija, 
tan inocente, facilitándole esos libros que en- 
gañan con sus falsas teorías? 

Alej. Perdone usted, querido tío ; esos libros son 
morales. 

Ber. El padre que tiene una hija casadera y un so- 

brino pobre, no puede aceptar esos principios. 
El matrimonio es una asociación mutua de in- 
terés ; el pueblo lo dice: la mujer debe llevar 
el almuerzo y el marido la comida ; y como no 
tienes todavía más que tu título de abogado, 
yo le daría el almuerzo, pero al mediodía te 
verías obligado á echar tu título en la olla. 

Alej. Trabajaré sin descanso. 

Ber. Pero entre tanto, pasaríais una cuaresma pro- 

longada de ayunos forzosos: el amor sin la 
olla, hijo mío, es como las bebidas espirituo- 
sas, que se escapan por la boca, y debilitan 
la fuerza del estómago, calentando la cabeza. 

Alej. (Con disgusto.) ¡Tío, por Dios! Los libros di- 
cen.. . 

Ber. Los autores escriben esos idilios para engañar 

á los incautos ; están cogidos en la red y apli- 
can el refrán: mal de muchos, consuelo de ton- 
tos. 

Alej. Amo á mi prima desde que la conocí. 

Ber. Tu padre te mandó á mi lado para que practi- 

caras tu profesión, pero no para alborotar la 



- 9 — 

é 
cabeza á mi hija ; escribiré á mi hermano que 
los aires de Salamanca serán más provecho- 
sos para tus progresos. Veamos la prueba: 
¿estudiaste la demanda de divorcio que te en- 
tregué anoche? Allí descansan los autos, y es- 
toy seguro de que no te has inspirado en los 
deberes del hombre de ley para defender á ese 
desgraciado que pide amparo contra las velei- 
dades de su cónyuge. 

Alej. Los he repasado, y... 

Ber. ¿Qué opinas? ¿No ves un peligro en el ma- 

trimonio? Porque hay muchas mujeres como la 
demandada. 

Alej. Opino, sin leer esos autos, que el demandante 
tendrá justos motivos para quejarse de la de- 
mandada ; pero eso nada tiene que ver con que 
yo quiera á Felisa. 

Ber. Eres incorregible, sobrino ; ve á tu cuarto á 

estudiar los autos, y deja esos libros, que te 
llevan por mal camino. 

Alej. Bien, tío. (Coge los autos.) (¿Un divorcio?... 
¡ Bah! Leeré mi novela.) (Entra por la de- 
recha.) 



ESCENA IV 
bernardo, después Eufemia 

Ber. El mozo está enamorado hasta los tuétanos 

y no hay medio de convencerle. 

Euf. (Por la izquierda.) Bernardo, ¿con quién ha- 

blabas? 

Ber. Con nuestro sobrino: en vez de estudiar ese 

SERMÓN P HEDIDO. — 2 



— 10 — 

pleito que tanto me interesa, le encontré aquí 
_con Felisa leyendo un tomo de los Cuentos de 
salón. 

Euf. (Sonriéndose.) También te gustan esos libros, 

porque eres buen marido. 

Ber. (Mirando con recelo á todas partes.) Sí, Eufe- 

mia ; pero eso no se puede decir, porque hoy 
tenemos una hija y un sobrino ; el marido en- 
cuentra muy buena la idea de esos libros, pero 
el padre la encuentra muy mala. 

Euf. j Qué lógica! 

Ber. En cada hombre hay dos entidades que se pre- 

sentan según las circunstancias; ¿no has oído 
en el Congreso cómo piensa el diputado cuan- 
do está en la oposición y cómo habla cuando es 
ministro? 

Euf. No me gusta el fingimiento. 

Ber. Es un deber que la paternidad impone; si Ale- 

jandro fuera rico, no me opondría á sus rela- 
ciones con Felisa. 

Euf. Cuando nos casamos eras pobre, Bernardo, 

y trabajando, nunca nos faltó Dios. 

Ber. Por eso mismo no quiero que nuestra hija se 

case con un pobre ; y me opondré tenazmente. 

Euf. ¿ Qué te propones hacer? 

Ber. Alejandro está resuelto, y es preciso desencan- 

tarlo presentándole una prueba plena ; testigos 
que no pueda tachar y que lleven á su ánimo 
el convencimiento de que el matrimonio es una 
locura. 

Euf. (Riéndose.) ¡ Perjuro! 

Ber. Contigo no, porque sabes cuánto te quiero. 

Me ha ocurrido una idea luminosa, una idea 
salvadora. 



- 11 — 

Euf. ¿Cuál es? 

Ber. Destruir el electo de las teorías de los libros 

con casos prácticos incontestables. En mi ju- 
ventud trabajé en algunos teatros caseros, y 
tenía felices disposiciones. 

Euf. No te comprendo. 

Ber. (Riéndose.) ¡Ya verás!... ¡Oh! ¡qué oportuní- 

sima idea!... ¡Ja, ja, ja! Di á Alejandro que 
he ido á ver al procurador ; encárgale que no 
abandone el bufete, y que si viene algún clien- 
te, le reciba y le oiga, tomando apuntes. 

Euf. Pero explícame... 

Ber. ¡ La severa diosa Thémis se une en ilegal con- 

sorcio con la juguetona musa Talía! Adiós. 
(Se va por el fondo riéndose.) 



ESCENA V 
Eufemia, después ALEJANDRO 

Euf. ¿Qué diablura le habrá ocurrido?... Compren- 

do que hace bien en oponerse á las relaciones 
de Felisa con Alejandro ; pero como quise á 
Bernardo en idénticas circunstancias, no pue- 
do ser inconsecuente ; soy completamente fe- 
liz, y juzgo con el corazón, que es el tribunal 
de las mujeres ; el corazón siempre falla en fa- 
vor del débil ; permaneceré neutral. (Se acerca 
á la puerta de la derecha y llama.) Alejandro. 

Alej. (Con los autos en la mano.) ¿Me llamaba us- 
ted, tía? 

Euf. Sí. Bernardo ha ido á casa del procurador y 



— 12 — 

me ha encargado te diga que estés en el bu- 
fete ; ya sabes que antes del almuerzo es cuan- 
do suelen venir los 1 clientes. 

Alej. Me quedaré masticando este ingratísimo ne- 
gocio. 

Euf. ¡ Ay, hijo! la profesión de abogado ofrece sus 

amarguras ; he visto tantas veces á tu tío pa- 
sar malas noches devorando hojas y hojas... 
Pero eso da dinero. Hasta luego. (Entra por la 
izquierda.) 



ESCENA VI 



ALEJANDRO, después JULIÁN 



Alej. (Sé sienta en el sillón, descansando los autos 
sobre la mesa, y los hojea.) Mientras más leo, 
más me convenzo de que es muy triste tener 
que ir contra su conciencia, porque yo no de- 
fendería á un marid» que tiene el mal gusto de 
separarse de su mujer. ¡ Unos quieren sepa- 
rarse y otros quieren unirse! ¡ Este es el 
mundo! 

Julián (Desde la puerta del fondo.) Señorito. 

Alej. ¿Qué hay? 

Julián Un caballero pregunta por el amo. 

Alej. ¿Quién es? 

Julián El señor marqués de la Rosa Blanca. 

Alej. ¿Un marqués?... Dile que pase. (Julián se re- 
tira.) ¡ Gran cliente! ¡ Me daré tono de juris- 
consulto! (Apoya los brazos en la mesa, incli- 
nando la cabeza sobre los autos.) 



13 



ESCENA VII 

ALEJANDRO, BERNARDO 

Bernardo sale disfrazado con un frac de moda exagera- 
do, grandes cuellos, lente, gran peluca rubia, gran- 
des bigotes y patillas caídas; el sombrero inclinado 
sobre la oreja derecha ; lleva en el ojal una rosa blan- 
ca muy grande, y en la mano un bastón muy gordo. 
Hablará con el acento francés muy marcado, y sus 
maneras han de ser muy afectadas. 

Ber. ¿El señor doctor? 

Alej. (Se levanta.) Caballero, mi tío no está en 
casa. 

Ber. (Con mal modo.) El doctor debiera estar aquí 

cuando vengo yo. 

Alej. (Sorprendido.) ¿Le ha anunciado usted su vi- 
sita? 

Ber. No, hombre, no; pero debiera estar. 

Alej. (¡ Qué manera de presentarse!) 

Ber. Buscaré otro letrado que me ayude. 

Alej. Yo también soy abogado, caballero. 

Ber. (Mirándole de pies á cabeza con el lente.) ¿Us- 

ted también? ¡Parece mentira! 

Alej. ¿ Por qué? 

Ber. No tiene usted lacha de letrado. 

Alej. Pues qué: ¿los abogados tienen cara especial? 

Ber. ¡ Oh, sí! tienen cara de talento. 

Alej. ¿ Es decir, que soy un ignorante? 

Ber. Lo parece usted ; yo soy muy claro. 



— 14 — 

Alej. (Amostazado.) Ya lo veo. 

Ber. Yo soy el marqués de la Rosa Blanca. 

Alej. (Con mal modo.) Muy señor mío. 

Ber. (Se acerca.) ¿Está usted marié? 

Alej. ¿ Qué si estoy mareado? No, señor. 

Ber. ¡ Oh! ¿no entiende usted el francés? 

Alej. No entiendo más que el castellano. 

Ber. ¡ Uf ! ¿quién habla ya el castellano? 

Alej. Yo. 

Ber. ¡ Bah! Quiero saber si está usted casado. 

Alej. ¿Casado? Todavía no; pero amo á una joven 
y me casaré con ella. 

Ber. ¡ Es usted un tonto! 

Alej. ¡Caballero! 

Ber. Sí, sí: es usted un tonto. 

Alej. ¿Otra vez? 

Ber. Un hombre que quiere casarse en estos tiem- 

pos de civilización, es un tonto. 

Alej. ¡ Me está usted insultando! 

Ber. No: la verdad no es un insulto. 

Alej. (¡ Pues se va enmendando! ¡ está loco!) 

Ber. ¿No ha leído usted á Sócrates? 

Alej. No, señor. 

Ber. Es usted un tonto. 

Alej. ¡Pues no lo soy! 

Ber. Sí. Sócrates dice que los jóvenes que tratan 

de casarse, se parecen á los peces que juegan 
alrededor de la nasa, pues se empujan para 
entrar, mientras que los desgraciados que es- 
tán dentro hacen vanos esfuezos para salir de 
ella. 

Alej. Esa es una opinión. ■ ■■'"■• 

Ber. Esla opinión de un sabio; desde que Sócrates 



- - 15 — 

comparó á los amantes con los peces, andan 
aquéllos escamados. 

Alej. Pues yo no me escamo. 

Ber. Porque es usted un tonto. 

Alej. (Con ira.) ¡Caballero, no permito!... 

Ber. ¡Oh! si usted se enfada, mejor; yo le pego 

un balazo á un mosquito, (Pasándole la mano 
por el pecho.) y con la punta del florete le me- 
to uno por uno en el pecho todos los botones de 
su levita. 

Alej. (Dobla el cuerpo para atrás como si le dolie- 
ra.) ¡ Ay! 

Ber. Yo he matado muchos jóvenes como usted. 

Alej. (¡Demonio!) Perdone usted; no he dado mo- 
tivo. . . 

Ber. Yo me bato con todos los hombres, menos con 

los que galantean á mi mujer. 

Alej. ¡ Pues vaya una lógica! 

Ber. ¡ Oh! los hombres tienen derecho siempre para 

enamorar á todas las mujeres. 

Alej. (¡ Está rematado!) 

Ber. Las mujeres son bienes mostrencos. 

Alej. ¡ Qué barbaridad! (¡ No eres tú mal mostrenco!) 

Ber. (Con la cara fiera.) ¿Barbaridad? ¡Un insul- 

to! Caballerito, á usted le sobra una pierna. 

Alej. (Mirándose.) ¿A mí?... No, señor; tengo las 
piernas que necesito para andar. (Y para co- 
rrer huyendo de ti.) 

Ber. No: á usted le sobra la pierna derecha. 

Alej. (Levantando la pierna.) Yo no soy grulla. 
(¡ Pues no es mala manía!) 

Ber. (Saca el estoque.) Le sobra á usted, y se la voy 

á cortar ahora mismo. 



— 16 — 

Alej. (¡ Diablo!) ¡ Pediré favor!... 

Ber. Déme usted una satisfacción. 

Alej. (Asustado.) Daré todas las satisfacciones que 
usted quiera, con tal que guarde ese asador. 

Ber. (Envaina el estoque.) Eso es otra cosa. (Se 

sienta.) Hablemos en paz. Siéntese usted en- 
frente de mí. 

Alej. (Se sienta demostrando recelo.) Obedezco. 

Ber. Yo soy casado, y quiero repudiar á mi mujer. 

Alej. (¿También éste?) 

Ber. Es preciso que usted me libre de mi mujer. 

Alej. ¿ Yo? 

Ber. ¡ Oh! es usted letrado y debe saber la manera 

de echar de mi casa á mi mujer. 

Alej. Oiré las razones... 

Ber. (Con aspereza.) ¡Razones! ¡siempre razones! 

Yo no quiero razones ; yo quiero ser libre. 

Alej. Pues para eso... 

Ber. ¡Nada, nada! Si usted no me descasa... 

Alej. ¡Acuda usted al Papa! Yo... 

Ber. Al papá, no ; á usted sólo. Mi mujer no es 

buena. 

Alej. ¿Tiene usted pruebas? 

Ber. ¿Pruebas? ¿Para qué sirven las pruebas? 

Alej. Para probar. 

Ber. ¡ Es usted un ignorante! 

Alej. Muchas gracias. 

Ber. ¿No sabe usted cómo vive en el mundo la gen- 

te de tono? Yo no tengo pruebas, porque no 
veo á mi mujer más que de paso ; ella está en 
su cuarto, y yo en el mío. 

Alej. Entonces... 

Ber. Yo quiero descasarme, pero quiero disfrutar 



- 17 — 

de todas las rentas de mi mujer. Es muy justo ; 
para eso me casé con ella. 

Alej. ¿ Por interés? 

Ber. Por supuesto. El matrimonio es un negocio 

como otro cualquiera ; ella tenía dinero y yo 
tenía un título; ahora nos separamos, y ella 
se quedará llamándose marquesa, y vo con la 
mitad de sus rentas. Me parece que estoy en 
lo legal. 

Alej. ¡ Oh, sí! 

Ber. (Se levanta.) Pues bien: daré á usted mi poder, 

y si consigue el triunfo, le perdonaré la vida. 

Alej. (¡ Vaya un compromiso!) 

Ber. (Le da un papel.) Aquí tiene usted los apun- 

tes ; volveré mañana á buscar el escrito de de- 
manda. 

Alej. (Te cerraré la puerta.) 

Ber. (Le pasa la mano por la cara.) Y no se case 

usted por amor, joven. El amor no es más que 
un anzuelo que tiene el diablo para pescar in- 
cautos. (Sale por el fondo tarareando una can- 
ción francesa.) 



ESCENA VIII 

ALEJANDRO 

¡ Qué hombre tan original! Traspasaré su po- 
der á mi tío. ¡ Vaya un estreno en mi honrosa 
profesión!... (Se pasea.) ¡ Pues si hubiera mu- 
chos clientes como éste, tendríamos que vivir 
blindados!... ¡ Ca! ¡este hombre es un loco!... 
Un marido que ve á su mujer de paso, ¿cómo 



— 18 — 

ha de quererla y gozar de los encantos del ma- 
trimonio? ¡ Bah! yo querré siempre á Felisa, 
y me querrá ; la llevaré á la Castellana á lucir 
su vestido de terciopelo... ¿De terciopelo? El 
caso es que para comprar ese vestido se nece- 
sita dinero, y yo no lo tengo ; pero es igual ; 
se vestirá de seda... ó de percal; lo que amo 
en ella es su hermosura, su carácter, y nada me 
importa el traje... Los hombres mirarán á Fe- 
lisa y me tendrán envidia... ¿La mirarán? 
¡No! ¡No quiero que la miren, porque será 
mía, mía sola!... Tendremos un niño, dos ó 
tres, y les daré la papilla, y los pasearé de 
noche para dormirlos, cantándoles la Nana; 
y cuando crezcan, jugaré al corro con ellos, 
y los llevaré al Retiro á echar pan á los 
patos del estanque, y me embobaré con sus 
gracias; lo mismo que todos los padres... ¡El 
matrimonio! ¡ Quién fuera rico para no encon- 
trar obstáculos á sus deseos! 



ESCENA IX 

ALEJANDRO, BERNARDO, JULIÁN 

Entra Bernardo con un levitón raído, muy largo de fal- 
dones y muy corto de mangas; al cuello una bufan- 
da; los zapatos rotos; el sombrero estropeado ; pe- 
luca negra, con calva de la frente á la nuca; barba 
cerrada con algunos pelos grises, muy despeinada. 

Julián (Desde la puerta.) Pase usted adelante, caba- 
llero. (Se retira.) 



— 19 — 

Alej. (¡ Jesús! ¡ qué tipo! Este pleiteará por pobre.) 

Ber. (Con énfasis.) ¿El señor licenciado? 

Alej. Estoy á las órdenes de usted, pues mi tío ha 
salido ; yo soy su pasante. 

Ber. Es lo mismo. Vengo á utilizar el talento de us- 

ted para un asunto grave. 

Alej. (¿Mi talento? A lo menos éste es lisonjero.) 
(Dándose importancia.) ¿En qué puedo servir 
á usted? 

Ber. Quiero separarme de mi mujer. 

Alej. (¡Cáspita! ¡han tocado á divorcio general:) 
¿ En qué funda usted su demanda? 

Ber. En el hambre. 

Alej. (Con extrañeza.) ¿En el hambre? Ese caso no 
está previsto por las leyes. 

Ber. Pero está previsto por la necesidad ; y como 

dicen ustedes los sabios jurisconsultos, neces- 
sitas caret legis. 

Alej. (Con petulancia.) ¿Ha habido sevicia? 

Ber. (Encogiéndose de hombros.) ¿Sevicia?... Lo 

que ha habido y hay es hambre. 

Alej. No lo entiendo. 

Ber. Es muy claro, caballero pasante. Me casé con 

una mujer muy linda; la amaba, y ¡ ay! ¡la 
amo todavía! 

Alej. ¿Ella es buena? 

Ber. ¡Como el oro de diez y siete quilates! 

Alej. ¿Entonces?... 

Ber. Voy al caso. Hace diez años que nos casa- 

mos, y hemos tenido doce hijos. 

Alej. ¿ Doce en diez años? No me sale la cuenta. 

Ber. ¡Oh! ¡dos veces gemelos! 

Alej. Ya. ¿Y viven todos? 



— 20 — 

Ber. Por supuesto. Los hijos de los pobres nunca 

se mueren. Yo tenía una fortuna decente y un 
destino de alguna posición ; el gobierno me 
dejó cesante, agotando una de las fuentes que 
surtían mi presupuesto diario; la otra se agotó 
también, pues empleé mi capital... 

Alej. ¿En granos, y hubo mala cosecha? 

Ber. No, señor. 

Alej. ¿ En alguna empresa que fracasó? 

Ber. En algo peor. 

Alej. ¿ En hipotecas? 

Ber. En papel del Estado. 

Alej. ¡ Bonito negocio! 

Ber. En papel del Estado ; ¡ y ya ve usted el estado 

del papel! 

Alej. Le compadezco á usted de veras. 

Ber. Mi mujer y yo nos consolábamos al principio 

con nuestro cariño, que siempre fué grande; 
pero agotados todos los recursos, después de 
empeñar hasta los colchones, vemos un día y 
otro entrar por las claraboyas de nuestra bu- 
hardilla un sol radiante que insulta nuestra mi- 
seria ; y mis hijos gritan pidiéndome pan ; y 
mi mujer llora, y yo lloro también... (Enjugán- 
dose los ojos con la manga de la levita.) como 
lloro ahora, porque es una desgracia tener hi- 
jos, amar á su familia y verla morir de ham- 
bre. 

Alej. (Enternecido.) ¡ Qué horror! ¡ Es usted un 
hombre muy desgraciado! 

Ber. ¿Un hombre? ¡ Ah, caballero pasante! ¡hay 

una equivocación en ese substantivo! ¡yo no 
soy un hombre! ¡yo soy un espectro! ¡yo soy 



— 21 — 

un camaleón que vive de aire! En mi estóma- 
go se ha realizado el mismo fenómeno que en 
las arcas del Tesoro: aquí (Señalando el estó- 
mago.) se encuentra el perfecto vacío que 
tanto buscó la ciencia ; mi estómago está cu- 
bierto de telarañas. ¡ Yo no soy un hombre! 
¡ soy un mito! 

Alej. (¡ Este es otro tipo!) 

Ber. (Se pasea deprisa por la sala, y se detiene de- 

lante de la chimenea.) ¡ Ah, caballero pasante! 
¿ qué veo? En la miseria todos nos abandonan ; 
los amigos son ingratos ; hasta aquéllos que 
tenían con nosotros un trato diario é íntimo 
huyeron. (Señala á la chimenea.) Ahí estoy 
viendo un prófugo que abandonó mi casa... 

Alej. (¡ Pues también éste ha perdido el juicio!) 
¿ Qué ve usted ahí? 

Ber. (Coge un bizcocho.) ¡ Un prófugo! En mis 

tiempos de abundancia también tomaba vo to- 
das las mañanas chocolate con bizcochos. ¡ Ah! 
¡ qué dulce satisfacción! Permita usted, caba- 
llero pasante, que me vengue de este ingrato 
clavándole los dientes. (Se come el bizcocho 
con avidez.) 

Alej. (Se dirige á la jicara, coge otro bizcocho y se 
lo ofrece.) Aquí hay otro prófugo. 

Ber. ¿Otro? ¿Y me incita usted de nuevo á la ven- 

ganza, en vez de detenerme? ¡ Yoy á ser rein- 
cidente! (Coge el bizcocho y se lo come de un 
bocado.) ¡Es disculpable mi actitud, porque 
por vengarme, me comería ahora el pilón de la 
Cibeles lleno de bizcochos! 

Alej. (¡ Esto es divino!) 



— 22 — 

Ber. ¿Supongo que no juzgará usted mal este acto 

de ferocidad? 

Alej. No, señor; es muy natural. — Vamos al caso 
de la separación de los cónyuges. 

Ber. Es muy sencillo. No puedo mantener á mi fa- 

milia, y mi mujer y yo hemos resuelto sepa- 
rarnos amistosamente para no aumentar el nú- 
mero. 

Alej. Entonces no hay litis. 

Ber. ¿ Litis? Si hay litis ; peleamos sobre quién ha 

de llevarse los doce hijos. 

Alej. Eso honra al amor de padres ; los dos quie- 
ren... 

Ber. Echar al otro la carga. 

Alej. (Sorprendido.) ¿No ama usted á sus hijos? 

Ber. El hambre es el tirano de la humanidad ; yo 

no amo á nadie ; aborrezco al mundo, á los 
amigos, al gobierno, á mi suegra... (Transi- 
ción.) No, no; á mi suegra la aborrecía desde 
los tiempos de mi abundancia. 

Alej. Pero los hijos... 

Ber. Aborrezco á mi mujer, á mis hijos, á mí mis- 

mo, á usted. 

Alej. ¿A mí? 

Ber. Ni amo más que á mi estómago. 

Alej. La ley no ampara á usted, caballero, y no pue- 
do hacerme cargo de su poder. Mi concien- 
cia... 

Ber. ¿Tiene usted conciencia? Ha errado usted el 

camino; iré á otro bufete: los grandes aboga- 
dos forman su reputación con las causas per- 
didas. 
Alej. j Eso es un error! 



— 23 — 

Ber. Adiós, caballero pasante. Si no es usted casa- 

do, aún está á tiempo ; mírese usted en este es- 
pejo y huya de las mujeres, porque cada una 
presenta un abismo donde ha de sepultarse un 
hombre de bien. ¡ El hambre! ¡ oh! ¡ la familia! 
¡ el papel del Estado!... (Sale por el fondo.) 



ESCENA X 

ALEJANDRO, después EUFEMIA 

Alej. (Muy preocupado.) ¡ Buena perspectiva! ¡ Este 
hombre, á pesar de su carácter raro, me deja 
con una impresión desgarradora! ¿Ve salir el 
sol sin tener pan para sus hijos?... ¡ Ah! ¡qué 
horrible debe ser eso!... ¡Y yo soy pobre y 
pretendo casarme!... ¡Siento escalofríos y un 
malestar!... ¿Conque no es todo gloria y pla- 
cer en el matrimonio? ¿ Será verdad lo que di- 
cen los maldicientes?... 

Euf. (Por la izquierda.) ¿Ha venido tu tío? 

Alej. No, señora. 

Euf. Pero ¿que tienes? Estás alterado. 

Alej. Sí. 

Euf. ¿Te hallas indispuesto? 

Alej. No sé... 

Euf. ¡ Qué cambio tan repentino! 

Alej. ¡ Ay, tía! ¡ Se ven y se oyen cosas en el estu- 
dio de un abogado! 

Euf. Pues ahora empiezas, querido Alejandro. 

Alej. ¡ Mal principio! 



— 24 — 

Euf. ¿Estudiaste los autos? 

Alej. No me dejaron dos entes que vinieron en con- 
sulta. Ya lo contaré á usted para que se ría. 
(Riéndose forzadamente.) 

Euf. Para ejercer tu profesión necesitas curarte' de 

espanto. ¡ Bernardo ha visto y oído tanto! 
Cuando venga tu tío avísame para pedir el al- 
muerzo. (Por detrás del portier lo he oído. 
¡ Está aterrado!) (Sale por la izquierda.) 



ESCENA XI 

ALEJANDRO, después BERNARDO 

Alej. ¿ Curarme de espanto? Bien lo necesito ; y lo 
peor es que las palabras de esos hombres me 
producen un desencanto en el alma... ¡ Ay, 
Felisa! ¿por qué habré estudiado jurispruden- 
cia? (Sale Bernardo en traje de paleto, con 
grandes patillas negras y peluca que le cubre 
la frente ; en la mano lleva una vara de acebu- 
che muy larga.) 

Ber. (Desde la puerta.) A la paz de Dios. 

Alej. (¿Otro cliente? Es un paleto; se reúnen hoy 
aquí todas las clases sociales.) Adelante. 

Ber. (Entra sin quitarse el sombrero.) Pues yo ne ~ 

cesito hablar con un picapleitos que me enseñe 
el camino. 

Alej. (¡ Picapleitos!) ¿Qué se le ofrece á usted buen 
hombre? 



— ¡35 — 

Ber. (Dando en el suelo con la vara.) Pues yo tengo 

una burra y una mujer. 

Alej. (Conteniendo la risa.) Me alegro mucho. 

Ber. Y mi burra es muy buena. 

Alej. Supongo que también lo será la mujer. 

Ber. Pues ahí verá usted. Mi burra tiene las patas 

muy firmes y nunca ha dado un mal paso. 

Alej. Expliqúese usted, hombre. 

Ber. . Yo soy casado. 

Alej. Teniendo mujer, es claro... 

Ber. Pues no es tan claro como usted lo ve. Mi mu- 

jer ha tenido un chico. 

Alej. ¿ Han tenido ustedes un chico? Sea enhora- 
buena. 

Ber. Mi mujer lo ha tenido. 

Alej. ¿Cómo es eso? 

Ber. Contaré el caso. Mi mujer es de un pueblo de 

la Mancha, y se casó por lo civil con el fiel de 
fechos ; pero á los dos meses entraron los car- 
listas y quemaron el registro; entonces él se 
llamó andana, y como no había pasado por la 
iglesia como Dios manda, le dijo: «Ahí te pu- 
dras», y se casó con otra moza. Mi mujer, es 
decir, la mujer del fiel de fechos, se vino hu- 
yendo á casa de una tía que tiene en Pinto, 
porque yo soy de Pinto, con perdón de usted ; 
por desgracia la vi, me gustaron sus ojos, pues 
i;;.: tiene unos ojos como dos platos, y cometí la 
barbaridad de casarme con ella sin saber lo del 
fiel ; pero como vino el chiquillo, cate usted al 
tío Roque hecho fraile, y yo también me llamé 
andana. 

Alej. :., ¿Pero usted se casó por la iglesia? i 



— 26 — 

Ber. ¡ Cabal! Yo soy cristiano. 

Alej. Entonces, amigo mío, no puede usted romper 
el matrimonio. 

Ber. Pues yo le diré á usted: el matrimonio no lo 

pude romper, pero sí las costillas de mi costi- 
lla por haberme engañado. 

Alej. ¿ Le pegó usted? 

Ber. (Blandiendo la vara.) ¡ Como un hombre! Ella 

se quejó al alcalde, y como la justicia se apoya 
en principios siempre iguales, el alcalde se em- 
peñó en convencerme de que el chico era mío; 
yo sacudí las orejas, como mi burra cuando le 
siento la vara y no quiere andar, y él me dijo: 
«Roque, no seas bruto, el chico es tuyo». El 
es algo leído, pero á mí no me entran sus le- 
yes. Y añadió: «Si tu burra pare un buche, 
¿de quién es el buche?» Y yo contesté: «Mío». 
Y repuso con gravedad: «Pues siendo tuya tu 
mujer, el chico también es tuyo». Eso parece 
verdad, pero será tratándose de burras ; en 
tratando de mujeres, el chico debe ser de su 
padre. 

Alej. (Riéndose.) Es un principio de derecho: partus 
sequitur •ventrera. 

Ber. (Haciendo una mueca.) ¿Eh?... Me sacudí las 

moscas, y si el alcalde tiene una vara, yo tam- 
bién tengo la mía. 

Alej. Pero la vara de usted no tiene fuerza en los 
tribunales. 

Ber. (Con risa estúpida.) ¡ Je! pero la tiene en las 
espaldas ; pregúntelo usted al fiel de fechos. 

Alej. ¿También le arrimó usted con ella? 

Ber. ¡ Justicia catalana! Monté en mi burra, fui á la 



— 27 — 

Mancha y di una mano de jabón al fiel, que 
se acordará de mí y de mi mujer, digo, de su 
mujer. El alcalde de aquel pueblo quiso hacer 
conmigo una alcaldada, pero mi burra tiene 
unas patas muy firmes y escapamos para Pin- 
to, desde donde vengo á pedir á usted que me 
ampare. 

Alej. Puede usted entablar demanda de divorcio, 
porque hay motivo fundado y no faltarán testi- 
gos que favorezcan su derecho. 

Ber. Así me gusta ; veo que en Madrid, como es 

más grande, se hace la justicia más elástica ; 
yo soy hombre de bien, y aunque sé menos 
que usted, me atrevo á darle un consejo. 

Alej. Los consejos siempre vienen bien. 

Ber. No se case usted, porque todas las mujeres... 

Alej. Todas no son iguales. 

Ber. Pues mire usted: la mía siempre fué muy bue- 

na y naide la ha tildado, pero encontró la oca- 
sión y sacó la oreja. Las mujeres son como los 
gatos ; se dejan acariciar, pero la mejor paga 
un halago con un rasguño. 

Alej. Eso es injusto. 

Ber. Volveré mañana con mis testigos, y Dios se 

lo premie á usted iluminándole el caletre para 
que nunca se case. ¡Las mujeres, eh!... ¿Pa- 
labritas? Todas las que quieran; ¿pero casa- 
ca?... (Agita la vara como si arreara un bu- 
rro.) ¡ Arre! (Sale por el fondo. Alejandro se 
queda muy preocupado, con los brazos cruza- 
dos.) 



— 28 — 
ESCENA XII 

ALEJANDRO 

. , ¡Pues me voy convenciendo de que el matri- 
monio es una ganga! Si pregunto uno por uno 
, á todos los casados de Madrid, de seguro me 
prueban que el hogar doméstico es el símil 
del infierno. Voy á quemar los libros ; mi tío 
tiene razón: son perniciosos... (Reflexionan- 
do.) ¿Conque los maridos son unos peces en- 
cerrados que quieren salir?... ¿Conque todas las 
mujeres son un peligro?... ¡Y luego el ham- 
bre!... ¡los hijos que piden pan!... ¡San Ber- 
nardino!... (Estremeciéndose.) ¡Gracias que á 
tiempo abro los ojos!... ¡ Oh! me vuelvo á Sa- 
lamanca con mi padre; es cosa resuelta... Pero 
¿dejar á Felisa? ¡ La amo tanto! No tendría 
valor para despedirme de ella... Le escribiré 
una carta rompiendo nuestras relaciones, y en 
seguida me escapocomo una liebre. Sí, sí; allá 
voy. (Se dirige á la mesa, se sienta y coge una 
■ ; , pluma.) No sé cómo empezar... El marqués 

decía la, verdad; todavía no me he casado y 
ya quiero romper. . ... 

ESCENA XIII 

. ALEJANDRO, JULIÁN 

Julián (Desde la puerta.) Una señora pregunta por el 

amo. 
Alej. (Asustado.) ¿Una señora? Dile que mi tío ha 



— 29 — 

salido; no quiero ver más clientes. Acabarían 
por volverme loco. 

Julián Está bien. (Se retira.) 

Alej. (Se levanta.) Nada, no me dejarían escribir la 
carta, y me voy á mi cuarto ; hay que meditar- 
la bien para triunfar de mi corazón. ¡ Esta 
carta es un golpe de Estado! (Entra por la de- 
recha.) 



ESCENA XIV 

EUFEMIA, después BERNARDO 

Euf. Ya se fué. (Riéndose.) El pobre sale huyendo 

en completa derrota. 

Ber. (En bata, por el fondo.) ¡ Ja, ja, ja! ¡ Triunfo 

en toda la línea! 

Euf. ¡ Has estado admirable! Alejandro ha ido á su 

cuarto á escribir una carta á Felisa y se vuel- 
ve á Salamanca, j El pobre! ¡está espantado! 
Y lo siento por nuestra hija, víctima inocente 
de tu actitud. 

Ber. Ya se consolará, y ha de darnos las gracias ; 

ella es bonita y pronto encontrará otro novio 
más admisible. (Sale un niño por la puerta de 
la izquierda ; Eufemia corre á cogerlo.) 

Euf. ¡ Ah! ¡nuestro Evaristo! (Se sienta- con él en 

un sillón.) ¡ Qué hermoso! (Le besa con efu- 
sión.) ¿Y te atreves á hablar mal del matri- 
monio? Si no te hubieras casado no tendrías 
un ángel tan bello que fuera nuestro encanto. 

Ber. ¡Táctica, hija mía, táctica! (Coge al niño en 



— 60 — 

sus brazos, le besa y se sienta en el otro sillón 
al lado de Eufemia, quedando de espaldas á la 
puerta de la derecha, por donde sale Alejan- 
dro con una carta en la mano.) 



ESCENA XV 

Dichos, ALEJANDRO 

Alej. (Aquí está la carta: ¡ lacónica y expresiva! ¡ los 
golpes de Estado son como los rayos!) 

Ber. ¡ Qué felicidad es tener una mujer buena y ca- 

riñosa como tú, y unos hijos tan hermosos! 

Alej. (Asombrado.) (¿Qué dice?) (Se esconde detrás 
del portier.) 

Euf. ¿Te has arrepentido alguna vez de haberte 

casado? 

Ber. ¡ Nunca! Lo que de veras lamento es el tiempo 

que perdí de soltero malgastando mis pasio- 
nes ; te amo como el primer día. 

Euf. ¿A pesar de aquellos tiempos de escasez? 

Ber. Sí. ¡ El amor lo embellece todo! ¡ El matrimo- 

nio es el paraíso! 

Alej. (¡Ah!) 

Euf. ¡ Si Alejandro te oyera! 

Ber. Es preciso engañarle para que desista de su 

boda; no quiero que mi hija pase trabajos. 

Alej. (Sale y rompe la carta.) ¡Hola!... ¿El matri- 
monio es el paraíso? Mi tío dice ahora la ver- 
dad. Ya no me voy á Salamanca. (Se adelanta 
y mete la cabeza entre los dos sillones.) Ale- 
jandro lo ha oído todo. 



31 — 



Bjer. y Euf. (Levantándose.) ¡Ah! 



Alej. 
Ber. 
Alej. 



Ber. 
Euf. 
Ber. 
Alej. 



j Todo! 

¿Qué has oído? 

Un diálogo encantador, que ha llevado al te- 
rreno práctico las teorías de los libros gue us- 
ted calificó de perniciosas. 
No hagas caso; ha sido una broma. 
(Aparte á Bernardo.) ¡ Bernardo, te has lucido! 
(¡Qué contrariedad!) ¿Persistes en casarte? 
Por supuesto. 



ESCENA XVI 

Dichos, FELISA 



Felisa El almuerzo está en la mesa. 

Ber. (¡Se llenó el serón!) 

Alej. (Se acerca á Felisa y la coge de la mano.) 
¿No ve usted que es tan bonita? ¿Cómo no he 
de amarla, tío? Recuerde usted aquellos tiem- 
pos... 

Ber. Ella no está resuelta á casarse contigo. ¿No 

es verdad, Felisa? 

Felisa Yo sí estoy resuelta, papá. 

Ber. (¡Pues señor, todo se hereda! ¡mi misma fir- 

meza! ¡ Hace lo que yo hubiera hecho!) 

Euf. Bernardo, no hay apelación, como decís los 

abogados. 

Ber. (A Alejandro.) Me has vencido en buena lid. 

Te concedo la mano de Felisa. 

Alej. (Con emoción.) ¡ Tío! 

Felisa (Id-) ¡ Papá! (Le abrazan.) 



— 32 — 

Euf. Me alegro. Hija mía, serás feliz. 

Alej. Sí ; seremos muy felices ; trabajaré para ella. 

Ber. Prediqué en vano; bien lo dice el proverbio: 

predicar en desierto, sermón perdido. El ma- 
trimonio es como las medicinas ; todo el mun- 
do habla mal de ellas y les hace ascos ; pero 
todo el mundo las toma. (Se dirige al publico.) 
Ya lo han oído ustedes: los solteros deben ca- 
sarse; no tengan ustedes miedo: el matrimo- 
nio es como las armas de fuego ; sólo ofrece 
peligros á los que no tienen experiencia. 



FIN 



Nuevo Archivo Teatral de CULTURA POPULA] 



TITULO DE LAS OBRAS 



Parada y fonda 

Aprobados y suspensos 

Chifladuras 

El bigote rubio 

La buena crianza 

¡Un bofetón... y soy dichosa! . . 

Un marido infeliz 

Sermón perdido 

El desalojo 

Mercedes 

¡La cosa urge! 

Dos y uno 

La noche antes 

El áno-el de los sauces 

¿Matrimonio civil ? 

El libro- talonario . 

El ponta de guardilla . ..... 

El olmo y la vid 

Los desamparados 

Cría cuervos y te sacarán los ojos 

¿Come el duque? 

Ñi tanto ni tan calvo 

Lluvia de oro 

La gramática 

Mi secretario y yo 

¡Perdón ! 

Prueba práctica 

La venda de Cupido 

La carta y el guardapelo . . . . • 

Mi mamá 

Entre dolora y c\iento 

El moderno Endymióa ■ 

El canto de la sirena • 

Un hablador sempiterno 

Bruno el tejedor 

Rebeldía 

El tío Juanico 

El sueño del malvado 

L'hereu 

Honrar padre y madre ..... 
Traidor, inconfeso y mártir . . 

Oratoria moderna 

El ensayo de un drama 

Al campo, D. Ñuño, voy 

¡Animal! 

Mañana me caso 

Ayer me casé 

¿Café? 

El pobre D. Quijote 

¡Centinela alerta! 

El tenor de la «Marina» 

Un crimen elegante 

Juegos de manos . . 

Filosofía del vino 

La mamá política . . .' 

Bupnas noches, señor don Simón. 

Música clásica 

F.l chiquillo 

El flechazo 

¡Nicolás! 



AUTORES 



Vital Aza 

Ídem 

ídem 

Miguel Ramos Oarríón . . 

Joaquín Abatí 

Juan del Peral 

'¡Calixto Navarro 

¡Teodoro Guerri.ro 

Sil ver io Manco 

1 Eduardo de Lust ovó . . . . 
[Manuel García González. . 

Bueno y Sánchez 

Juan Antonio Gavestany . . 
Emilio Mozo de líos-ales . . 

Manuel P. Delgado 

José Ecliegaray 

Pedro Mar quina 

Luis García de Luna. . . . 

Mariano Chacel 

Pedro Carrefio . 

Ricardo Puente y Brañas . 

Manuel Ma toses 

Mariano Pina 

Manuel Ortiz de Pinedo . . 
M. Bretón de los Herreros. 
Antonio Fernández Arreo . 

Enrique Zumel 

Miguel Pastcrfido 

Ildefonso A. Bermejo . . . 

Narciso Serra 

José Ecliegaray 

ídem 

ídem 

Ventura de la Vega 

ídem 

Eduardo Zamacois 

José María García 

ídem 

Retes y Echevarría 

Juan José Ilerranz 

José Zorrilla 

Luis Milla 

ídem 

ídem 

ídem 

Tdem 

ídem 

ídem 

ídem 

ídem, 

Ídem 

Ídem 

ídem 

Teodoro Guerreí o 

Miguel Ramos Carrión. . . 

Luis Clona 

J. Est remera y R. Chapi . 
S. y J. Alvar ez Quintero . . 

ídem 

Ensebio Sierra 



(¡OS 



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